viernes, 18 de octubre de 2013

INTERDISCIPLINARIEDAD Y MULTIDISCIPLINARIEDAD COMO ALTERNATIVAS EN EL TRATAMIENTO DE LA DEPRESIÓN



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Introducción: “Pertinencia del problema”


Dentro de los males propios del postmodernismo, es innegable que la Depresión, viene ganando terreno.

Víctima del desacreditamiento de nuestro régimen de vida (o de sobrevida), que le impide un reconocimiento social:

“La depresión no es locura ni debilidad de carácter; es una enfermedad con muchos rostros, frecuentemente ligada a la soledad, y hoy muy difundida.”[1]

No obstante representan un problema primordial para los poderes públicos, al representar un costo, tanto directo como indirecto, que se refleja en indicadores como: ausentismo, pérdida de producción, interrupción del trabajo por enfermedad o invalidez, factores muy importantes para el desarrollo socio-económico.

En cuanto a las repercusiones de este mal, tanto en las relaciones interpersonales como  en el funcionamiento psicosocial, son considerables, al menos igual o hasta incluso superiores a las de las afecciones físicas crónicas. Lo que ha llevado a muchos teóricos a considerar a la depresión como una verdadera “enfermedad social”, como señalan Henri Loo, Thierry Gallarda, entre otros.

La sociedad en general, ve en la depresión a “el mal del siglo”, producto del estrés, del hastío y de la falta de ideales de la sociedad contemporánea.

Desconocer los efectos condicionantes que en la práctica introduce la realidad social, Económica, Institucional y Cultural supone un acercamiento ingenuo y poco efectivo a la misma, especialmente cuando en toda Latinoamérica se vienen sucediendo a niveles alarmantes escaladas de pobreza, violencia, marginalidad e inequidad como consecuencia de la implementación de un modelo neo-liberal.

En lo relacionado con la Salud Mental, estos efectos tienen un peso determinante en tanto está comprobado que las llamadas enfermedades mentales no afectan a todos por igual sino sobre todo a los más vulnerables; reflexionar sobre esto es necesario en tanto en América Latina, una de cada dos personas es pobre y se prevé que para el año 2010 más de treinta millones de latinoamericanos sufrirán problemas psiquiátricos o psicosociales debido, entre otras causas, a las distintas vertientes de la violencia (Política, Económica, Institucional, etcétera)[2].

Para citar un ejemplo puntual en lo incrementos de los índices de Depresión, en el Boletín UNAM publicado el día 25 de octubre de 2008, se señala:

“Para el 2020, la depresión será la segunda causa de discapacidad mundial:

·         Cerca de 121 millones de personas la padecen, aseguró la investigadora del CEIICH, Teresa Ordorika Sacristán
·         Las mujeres son las más afectadas, con una prevalencia de dos o tres por un varón, dijo
·         Las situaciones de opresión y condiciones de vida inequitativas que padece el sexo femenino, explican la mayor incidencia, añadió

…se estima que cerca de 121 millones de personas la padecen en el orbe, y unas 450 millones sufren trastornos mentales. Así, para el año 2020, esa enfermedad será... sólo superada por enfermedades cardiovasculares, aseguró la académica del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM, Teresa Ordorika Sacristán.

Las mujeres tienen mayor incidencia, pues por cada dos o tres féminas deprimidas, hay sólo un hombre; en cuanto a los trastornos mentales, la cifra es equilibrada, señaló.”[3]

Estos pronósticos son motivo suficiente para seguir ahondando en la caracterización de este mal, por lo menos en lo que atañe el último siglo, y en sus tratamientos. Desde un la historia de este concepto en la Psiquiatría y más específicamente, su papel en el DSM  pero también, a la luz de otras perspectivas como la psicoanalítica o la antropológico-social. Que nos permitirán sustentar con mayor claridad los tabús y las represiones que existen en torno a este problema que, como todo lo que intenta ser reprimido, vuelve con más fuerza. Así como también, los encasillamientos en cuanto a su tratamiento, planteados por las directrices del Modelo Médico Hegemónico.

A partir de todos estos elementos plantearemos la Interdisciplinariedad y la Multidisciplinariedad, como una alternativa en el tratamiento de los Trastornos Depresivos. Tomando como referencia, el trabajo del Dr. Federico Menéndez Osorio.


Capítulo 1: “Los caminos de la Depresión a lo largo de los S. XX- XXI”


1.1.      Introducción al concepto de Depresión: ¿Naturaleza endógena o exógena?

A principios del S. XX, los psiquiatras europeos incluían los trastornos del humor dentro del círculo maníaco-depresivo. La “Unidad mórbida de Kahlbaum - Kraepelin” (PMD), abarcaba todos los trastornos afectivos. 

Fue hasta 1908, que Adolf Meyer introduce en EEUU el término Depresión entendiéndola, como una reacción emocional que podía manifestarse como:

1.    Forma pura (psicosis o timergasia),
2.    Reacción injertada en una constitución neurótica (merergasia)
3.    Parte evolutiva de la persona

En cuanto a los síntomas, le atribuyó una naturaleza “reactiva” de protección en respuesta a una situación de fracaso.

En Inglaterra, Mapother (1926) y Lewis (1936) coincidirán con la postura anterior, en cuanto a considerar la personalidad del paciente, en oposición a encasillarlo en un “círculo” preestablecido. Incluso Lewis planteó la imposibilidad de demostrar una discontinuidad en el fenómeno depresivo, capaz de demostrar la existencia de formas invariantes de depresión.

En la primera mitad del siglo pasado, los tratamientos para la depresión incluían psicoterapia psicoanalítica, coma insulínico, malarioterapia, psicocirugía, narcosis, hipoxemia, etc., todos se realizaban en un mismo paciente, sin tomar en cuenta un procedimiento específico. Esto llevó a Zubin (1954), a determinar las falencias de este tipo de intervención en cuanto a:

1.    La necesidad de una definición del concepto de depresión rigurosa
2.    Las técnicas necesarias para determinar el trastorno
3.    La necesidad de cuantificar el fenómeno depresivo
4.    Las personalidades susceptibles a padecer el Trastorno
5.    El desarrollo de algún método para estudiar la depresión en su “estado puro”.

Ya en los 60’s surge la controversia en cuanto a la existencia de una o dos formas invariantes de depresión. Así es como en Inglaterra nacen dos grupos de investigación; en Newcastle el representado por Kiloh y Garside y en Londres, el liderado por Kendell. 

La controversia que tan fervientemente enfrentaron ambos grupos, había sido planteada en un comienzo por Lewis y consistía, en intentar demostrar cuantitativamente, la existencia de una depresión endógena como enfermedad independiente, de la originada por formas de humor reactivas.

El grupo de Newcastle, basándose en los estudios de Grinker (1961, “El fenómeno de las depresiones”), sobre la obra de Zubin, correlacionaron el concepto de “depresión neurótica” con el de autocompasión, expuesto por dicho autor.

Los resultados generales obtenidos presentaron que:

 “… los síntomas sugerentes de neuroticismo podían darse en cualquier enfermo depresivo, mientras que los síntomas “endógenos” emergían compactos, identificando una población específica.”[4]

Kendell por otro lado, sugirió que:

  1. Podían haber pacientes con síntomas “mixtos”, endógenos y neuróticos
  2. Y en consecuencia, podían existir mecanismos patogénicos comunes, no necesariamente dinámicos,
  3. Y defendió la incapacidad del clínico para diferenciar un tipo de paciente del otro.

En 1970, Eysenck contribuyó notoriamente a este conflicto, a partir de brindar valor teórico a ambas posturas. No obstante en este mismo año, los estudios sistemáticos de Roth, Garside y Gurney con pacientes depresivos y ansiosos, apoyaron de forma inequívoca la hipótesis categorial.

Mientras tanto, el campo de la clínica utilizaba ambas acepciones de la depresión, y aplicaba dos tipos de tratamientos, según las características particulares de la depresión manifestada por el paciente.

Pero la necesidad, sobre todo de la industria farmacéutica, siguió insistiendo en unificar conceptos; así se originaron por un lado, los códigos de clasificación y por el otro, el diseño de marcadores biológicos. Dando inicio a una segunda cuantificación psicopatológica. Ambas aproximaciones al fenómeno depresivo se iniciaron simultáneamente.

Robins y sus colaboradores de la Universidad de Washington, distinguieron los trastornos afectivos en primarios y secundarios, según un criterio cronológico y la presencia o no de enfermedades asociadas.

Los estados depresivos secundarios, asociados a una enfermedad psiquiátrica, se diferenciaban de los primarios por dos características, la ausencia de manía (por lo tanto, no se trataba de trastornos bipolares) y un peor pronóstico. Robins adoptó el concepto de “bipolar” de Perris (1966) para de esta forma, diferenciar la depresión primaria con o sin, presencia de manía. 

También en Europa, varios psiquiatras adoptaron estos criterios con la diferencia, que homologaban “primario a endógeno”, a pesar de que este no era el sentido original.

Los criterios de la Universidad de Washington posibilitaron el origen de un primer sistema de diagnóstico estructurado (RDC Research Diagnostic Criteria) y posteriormente, el sistema oficial DSM-III (abordado al final del capítulo siguiente).

En este sistema, el término Depresión endógena y/o Psicótica de la escuela europea clásica, apareció conceptualizado como “Melancolía”

CRITERIOS DE MELANCOLÍA SEGÚN LA ESCUELA EUROPEA CLÁSICA[5]
DSM-III-R
MAYER- GROSS
LEONHARD,
SOLÉ- SEGARRA
HENDERSON,
GILLESPIE
EY
BLEULER
1. Pérdida capacidad de placer
X
X
X
X

2. Arreactividad  frente a estímulos
X
X

X
X
3. Depresión matutina intensa
X

X
X

4. Despertar precoz
X




5.Trastornos psicomotores
X
X
X
X
X
6. Anorexia. Pérdida de peso
X
X
X
X

7. Personalidad premórbida sana





8.Antecedentes de EDM (episodio depresivo mayor) con remisión
X
X
X
X

9.Respuesta previa buena a tratamiento biológico
X


X

Una exhaustiva revisión de Rush y Weissenburguer (1994), en 33 trabajos sobre el TSD en depresivos endógenos y no endógenos constata que, en 22 realizados con enfermos hospitalizados, 14 confirman la diferenciación de ambos grupos afectivos y en los realizados con pacientes ambulatorios, 6 de 11 corroboran la separación. Los autores señalan que los criterios diagnósticos RDC (Research Diagnostic Criteria) endógeno- no endógeno son más fiables que los DSM-III melancolía- no melancolía concluyendo, que existe una dicotomía afectiva evidenciada a través del TSD.

Otro autor que ha tratado este tema, desde otra arista, ha sido Aromani (1995)[6]. Quién sitúa a la Depresión exógena como todo lo que rodea al individuo (como los acontecimientos históricos, la influencia cultural, la situación económico-social, etc.) lo que influye en su comportamiento y provoca la salud o enfermedad mental; en las endógenas, el medio o el entorno no tienen ninguna relación con la conducta del individuo pues se presume alguna deficiencia biológica.


1.2.      Otras clasificaciones:

1.2.1.   Depresiones psicológicas Vs. Depresiones fisiológicas:

Pollit (1965), ha distinguido la depresión entre psicológica (tipo J) y fisiológica (tipo S); según la ausencia o presencia de cambios funcionales.

Fisiológica: supone desregulaciones en el sueño, apetito, peso, libido y variaciones diurnas en el humor que no se encuentran en la depresión psicológica.

Psicológica: es desencadenada por estrés ambiental y es comprensible psicológicamente.

1.2.2.   Depresiones vitales vs. Personales:

Van Praag y cols. (1965) han dividido las depresiones en vitales y personales. La primera (se corresponde con la depresión endógena) se caracteriza por la afectación de los sentimientos vitales, y la segunda, por repercusión del plano psíquico, comprensibilidad psicológica y clínica alejada del cortejo psicofísico que acompaña a la depresión vital. Rehúyen el término endógeno por sus implicaciones etiológicas, y el término psicógeno porque no es determinante, ya que los factores psicológicos pueden desencadenar ambas depresiones.

1.2.3.   Tipologías múltiples de las Depresiones:

Klein (1974), establece una clasificación de tres subgrupos de Depresiones:

a)  Endogenomórfica, subdividida en endógena verdadera y precipitada,
b)  neurótica, que responde a una caracteropatía crónica, y
c)  reactiva, que guarda una correspondencia con la tristeza normal.

La importancia de esta división está en la introducción del término endogenomórfico,  que permite situar la depresión en el plano de la clínica, liberándolo de la confusión conceptual que supone la palabra endógeno. Este tipo de depresión se caracteriza por la pérdida de la capacidad de experimentar placer, anticipatorio y consumatorio, lo cual lo que se relaciona con la reactividad al medio.
 
1.3.      Clasificación de los Trastornos Afectivos según J. Vallejo:

En el capítulo doce del texto: “Trastornos afectivos: ansiedad y depresión”, J. Vallejo emprende un proceso clasificatorio de los Trastornos Afectivos, basándose en los postulados de la epistemología. En esta parte del trabajo retomaremos los análisis de dicho autor, como guía que nos permita ahondar en las características del fenómeno depresivo a lo largo de la historia del DSM-IV.

Todo conocimiento científico necesita ser clasificado con la finalidad de poder sistematizarse. La nosotaxia, por ejemplo, permite un mayor orden y conocimiento de las enfermedades, la intercomunicación profesional, garantizar investigaciones más fiables, y predecir el pronóstico y por último, la terapéutica a desarrollar.

En Psiquiatría establecer un sistema clasificatorio validado mundialmente es muy dificultoso debido a que según Escobar, (1982):

a)     Se desconoce la mayor parte de mecanismos fisiopatológicos
b)     Los conocimientos sobre historia natural y pronóstico son limitados
c)     Existen variables múltiples y de diversa naturaleza
d)     Faltan pruebas objetivas, sobre todo de los marcadores biológicos
e)     El conocimiento etiológico se limita a los trastornos exógenos
f)      Los conflictos entre Escuelas continúan sin conciliación.

El caso puntual de los Trastornos Afectivos, posee además de las características citadas, el hecho de que su naturaleza y límites no están  bien delimitados. 

Por ejemplo, la imposibilidad de definir la Depresión como, enfermedad, síndrome, síntoma, o como una forma “normal” en que el individuo afronta ciertas situaciones de la vida.

Así mismo, delimitar depresión de normalidad, ansiedad, psicosis afectiva y esquizofrenia o; entre depresión crónica y trastorno de la personalidad o; entre obsesión- depresión, representan un problema a nivel Teórico (y también práctico), que merecen un análisis.

De esta forma llegamos a los debates sobre la posición dimensional o categorial de los Trastornos Afectivos, su naturaleza unitaria o múltiple, y la búsqueda de un método idóneo que permita delimitar la validez de un sistema clasificatorio.[7]


Capítulo II: “DSM y Depresión”


El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o en inglés, Disease Statistical Manual (DSM) de la American Psychiatric Association (Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos), está fundado en el modelo de la medicina científica, pero a diferencia de ésta no describe enfermedades sino “trastornos”. Estos son entendidos de la siguiente manera:

“Síndrome o patrón comportamental o psicológico de significación clínica que aparece asociado a un malestar (por ejemplo dolor), a una discapacidad (por ejemplo deterioro de una o más áreas de funcionamiento) o a un riesgo significativamente aumentado de morir o de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad..."[8]

Vemos así como las entidades clínicas fueron abandonadas y reemplazadas por esta noción de “trastorno”, en beneficio de una caracterización sintomática. Así, el diagnóstico siempre es presuntivo nunca definitivo, ya que puede ir variando en el tiempo en tanto éste, se hace a partir de los síntomas que el sujeto presenta sincrónicamente al momento de la evaluación clínica. 

El DSM en su primera versión (DSM-I), surge de la necesidad de confeccionar una clasificación de trastornos mentales consensuada debido al escaso acuerdo, entre psiquiatras y psicólogos, en relación a los contenidos a incluir y al método de conformación.
Algunos eventos importantes para la creación del DSM fueron:

  • La necesidad de recolectar datos de tipo estadístico en relación a los trastornos mentales para el censo de 1840 (EE. UU).
  • La American Psychiatric Association y la New York Academy of Medicine se unieron para trabajar en conjunto, en la elaboración de una nomenclatura aceptable para todo el país (para pacientes con enfermedades psiquiátricas graves y neurológicas).
  • El ejército de EE. UU, por su parte, confeccionó una nomenclatura más amplia, que permitiera incluir enfermos de la Segunda guerra mundial.

Y fue así como en 1952 surge la primera edición, DSM-I, como una variante del CIE-6. Debido a la inconformidad del público con estos desarrollos (tanto del DSM como del CIE), se fueron generando nuevas versiones de cada uno


2.1.      Depresión: “Tránsito por el DSM-I, II y III”

Este documento, aprobado por la APA en 1980, poco tiene que ver con sus predecesores el DSM-I (1952) y el DSM-II (1967), contaminados de conceptos dinámicos (DSM-I) ó términos psiquiátricos tradicionales como, melancolía involutiva o neurosis depresiva (DSM-II); según señalas Flaherty y cols.(1982). 

El DSM-III, por el contrario, al ser inspirado por la línea de los autores antes citados, y los RDS de Spitzer y cols. (1975), plantea la clasificación de los trastornos afectivos con un cambio radical de perspectiva. A saber:

Ø  Diagnóstico multiaxial: síndromes clínicos, trastornos de personalidad, enfermedades médicas, intensidad del estrés psicosocial y nivel de adaptación en el último año.
Ø  Carece de connotaciones etiológicas, así como de definiciones generales: valoración descriptiva del trastorno, amparada en estrictos criterios operativos de inclusión y exclusión.

2.1.1.   Clasificación de los Trastornos Afectivos según el DSM-III-R:

Trastornos afectivos mayores
                Trastorno bipolar:
·         Maníaco
·         Depresivo
·         Mixto
Depresión mayor
                Episodio sencillo o recurrente
                Con melancolía o sin ella
                Con rasgos psicóticos o sin ellos

Otros trastornos afectivos específicos
                Trastorno ciclotímico
                Trastorno distímico

Trastornos afectivos atípicos
                Trastorno bipolar atípico
Depresión atípica

Trastornos psicóticos no clasificados en otros apartados
                Trastorno esquizoafectivo

Disfunciones de adaptación
                Con estado de ánimo deprimido


2.2.      Depresión y DSM-IV:

El DSM-IV fue publicado por la Asociación Psiquiátrica Americana, en 1994. Seis años después, fue publicada una nueva versión que incorporaba revisiones de menor importancia, el DSM-TR.

Es una herramienta de diagnóstico, que propone una descripción del funcionamiento actual del paciente a través de 5 "ejes", con el objetivo de contar con un panorama general respecto a diferentes ámbitos de funcionamiento:

  • Eje I: Donde se describe el o los trastornos psiquiátricos principales o sintomatología presente, si no configura ningún trastorno. (Por ejemplo: trastorno depresivo, demencia, dependencia de sustancias, esquizofrenia, etc.)
  • Eje II: Donde se especifica si hay algún trastorno de personalidad de base (o rasgos de algún trastorno), algún trastorno del desarrollo, o retraso mental (Por ejemplo: trastorno de personalidad límite, trastorno autista, retraso mental moderado, etc.)
  • Eje III: Donde se especifican afecciones médicas que presente el paciente (si es que existen).
  • Eje IV: Donde se describen tensiones psicosociales en la vida del paciente (desempleo, problemas conyugales, duelo, etc.)
  • Eje V: Donde se evalúa el funcionamiento global del paciente (psicológico, social y ocupacional), a través de la EEAG (escala de funcionamiento global
2.2.1.   Clasificación de los Trastornos del estado de ánimo según  el DSM-IV:

Aquí se clasifican los trastornos cuya característica principal es una alteración del humor. El DSM-IV define, por una parte episodios afectivos, de carácter depresivo (estado de ánimo deprimido, o pérdida del interés o sensación de placer), o maniaco, (estado de ánimo anormal y persistentemente elevado, expansivo o irritable). Estos episodios se combinarían generando diversos patrones, constituyendo así los diferentes trastornos del ánimo:

Trastornos depresivos[9]

Criterios para el diagnóstico de F32.x Trastorno depresivo mayor, episodio único (296.2x)
Criterios para el diagnóstico de F33.x Trastorno depresivo mayor, recidivante (296.3x)
Criterios para el diagnóstico de F34.1 Trastorno distímico (300.4)

En los tres deberá especificarse:
1 Leve, moderado o grave sin síntomas psicóticos
2 Grave con síntomas psicóticos
3 En remisión parcial/en remisión total
4 No especificado

·         Crónico
·         Con síntomas catatónicos
·         Con síntomas melancólicos
·         Con síntomas atípicos
·         De inicio en el posparto
·         Especificaciones de curso (con y sin recuperación ínter episódica)
·         Con patrón estacional

Criterios para el diagnóstico de F30.x Trastorno bipolar I, episodio maníaco único (296.0x)
1 Leve, moderado o grave sin síntomas psicóticos
2 Grave con síntomas psicóticos
3 En remisión parcial/en remisión total

·         Mixto
·         Con síntomas catatónicos
·         De inicio en el posparto

Criterios para el diagnóstico de F31.0 Trastorno bipolar I, episodio más reciente hipomaníaco (296.40)
·         Especificaciones de curso longitudinal (con y sin recuperación interepisódica)
·         Con patrón estacional
·         Con ciclos rápidos

Criterios para el diagnóstico de F31.x Trastorno bipolar I, episodio más reciente maníaco (296.4x)
·         Con síntomas catatónicos
·         De inicio en el posparto

1 Leve, moderado o grave sin síntomas psicóticos
2 Grave con síntomas psicóticos
3 En remisión parcial/en remisión total

·         Especificaciones de curso longitudinal (con o sin recuperación interepisódica)
·         Con patrón estacional
·         Con ciclos rápidos

Criterios para el diagnóstico de F31.6 Trastorno bipolar I, episodio más reciente mixto (296.6x)
·         Con síntomas catatónicos
·         De inicio en el posparto

·         Especificaciones de curso longitudinal (con o sin recuperación interepisódica)
·         Con patrón estacional
·         Con ciclos rápidos

Criterios para el diagnóstico de F31.x Trastorno bipolar I, episodio más reciente depresivo (296.5x)
1 Leve o moderado
2 Grave sin síntomas psicóticos
3 Grave con síntomas psicóticos
4 En remisión parcial/en remisión total

·         Crónico
·         Con síntomas catatónicos, melancólicos o atípicos
·         De inicio en el posparto
·         Especificaciones de curso longitudinal (con y sin recuperación interepisódica)
·         Con patrón estacional
·         Con ciclos rápidos

Criterios para el diagnóstico de F31.9 Trastorno bipolar I, episodio más reciente no especificado (296.7)
·         Especificaciones de curso longitudinal (con y sin recuperación interepisodios)
·         Con patrón estacional
·         Con ciclos rápidos

Criterios para el diagnóstico de F31.8 Trastorno bipolar II (296.89)
·         Hipomaníaco
·         Depresivo

·         Leve, moderado, grave sin síntomas psicóticos/grave con síntomas psicóticos.
·         Crónico
·         Con síntomas catatónicos
·         Con síntomas melancólicos
·         Con síntomas atípicos
·         De inicio en el posparto

·         Especificaciones de curso longitudinal (con y sin recuperación interepisódica)
·         Con patrón estacional
·         Con ciclos rápidos

Criterios para el diagnóstico de F34.0 Trastorno ciclotímico (301.13)
·         Otros trastornos del estado de ánimo

Criterios para el diagnóstico de F06.3x Trastorno del estado de ánimo debido a... (Indicar la enfermedad médica) (293.83)
1 Con síntomas depresivos
2 Con episodio similar al depresivo mayor
3 Con síntomas maníacos
4 Con síntomas mixtos

Criterios para el diagnóstico de F1x.8 Trastorno del estado de ánimo inducido por sustancias
·                     F10.8 Alcohol [291.8]
  • F16.8 Alucinógenos [292.84]
  • F15.8 Anfetaminas (o sustancias de acción similar) [292.84]
  • F14.8 Cocaína [292.84]
  • F19.8 Fenciclidina (o sustancias de acción similar) [292.84]
  • F18.8 Inhalantes [298.84]
  • F11.8 Opiáceos [298.84]
  • F13.8 Sedantes, hipnóticos o ansiolíticos [292.84]
  • F19.8 Otras sustancias (o desconocidas) [292.84]

  • Especificar tipo:
  • Con síntomas depresivos, maníacos o mixtos
  • Especificar si:
  • De inicio durante la intoxicación o durante la abstinencia
  • Especificaciones para describir el episodio más reciente

Criterios para las especificaciones de gravedad/psicosis/remisión para el episodio depresivo mayor actual (o más reciente)

Criterios para las especificaciones de gravedad/psicosis/remisión para el episodio maníaco actual (o más reciente)

Criterios para las especificaciones de gravedad/psicosis/remisión para el episodio mixto actual (o más reciente)

Los tres criterios deberán especificar:
  • Leve
  • Moderado
  • Grave sin síntomas psicóticos
  • Grave con síntomas psicóticos
  • Síntomas psicóticos congruentes con el estado de ánimo
  • Síntomas psicóticos no congruentes con el estado de ánimo
  • En remisión parcial
  • En remisión total
  • No especificado.

Criterios para la especificación de cronicidad

Criterios para la especificación de síntomas catatónicos

Criterios para la especificación de síntomas melancólicos

Criterios para la especificación de síntomas atípicos

Criterios para la especificación de inicio en el posparto
  • Con inicio en el posparto
  • Especificaciones que describen el curso de los episodios recidivantes
Criterios para la especificación de curso longitudinal
  • Con recuperación ínter episódica total
  • Sin recuperación ínter episódica total
Criterios para la especificación de patrón estaciona

Criterios para la especificación de ciclos rápidos



Capítulo III: “Tratamiento de la depresión”


 3.1.     Perspectivas: “Psicológica y psiquiátrico-psicofarmacológica”

  • En el caso de la psicología, se trataría de un tratamiento que podríamos denominar “moralizante”, en tanto el objetivo ante un sujeto “deprimido” sería restituir o promover, el  sentido de la vida, a través de un reforzamiento yoico, situado en el “aquí y ahora”, quedando situado el terapeuta en el lugar de guía, modelo y sostén.

  • En el caso de la psiquiatría, ante un diagnóstico de “Depresión”, el principal objetivo será suprimir los síntomas mediante un tratamiento medicamentoso. Siendo la psiquiatría una rama de la medicina, su pretensión de cientificidad en la definición de criterios de salud y enfermedad oculta una dimensión moral, en tanto respecto de esto es inevitable un componente ideológico. A colación de esto, resulta pertinente mencionar, que uno de los aportes más significativos del psicoanálisis es haber explicitado esta dimensión ética y en este punto también radica su ruptura con el modelo médico imperante.

Como vemos, el determinismo biológico es perfectamente compatible con la creencia en la autonomía del yo. El resultado es siempre la preservación en el sujeto de la creencia en su carácter unitario, idea opuesta al psicoanálisis quien sostiene que lo que funda al sujeto es su falta constitutiva, su escisión subjetiva.

  • La evolución de la psicofarmacología no es ajena a esta perspectiva cientificista. Respecto a esto dice E. Roudinesco:

“Frente al desarrollo de la psicofarmacología, la psiquiatría abandonó el modelo nosográfico en beneficio de una clasificación de las conductas. En consecuencia, redujo la psicoterapia a una técnica de supresión de los síntomas. De ahí una valorización empírica y ateórica de los tratamientos de urgencia. El medicamento responde siempre, sea cual sea la duración de la prescripción, a una situación de crisis, a un estado sintomático. Que se trate de angustia, de agitación, de melancolía, o de simple ansiedad, hará falta primero tratar la huella visible del mal, luego borrarla y, finalmente, evitar buscar la causa de manera de orientar al paciente hacia una posición cada vez menos conflictiva y, por tanto, cada vez más depresiva. En lugar de las pasiones, la calma; en lugar del deseo, la ausencia de deseo; en lugar del sujeto, la nada...”. [10]

Lo que aquí se critica es el tratamiento psicofarmacológico exclusivo e indiscriminado propugnado por algunos sectores de la psiquiatría. Ahora bien, resulta inquietante la siguiente cuestión: ¿qué importancia podría tener el medio por el cual se lograra aliviar el sufrimiento psíquico si esto en definitiva se consiguiera? Ya Freud anticipaba los beneficios que podría acarrear el desarrollo psicofarmacológico:

“El futuro podrá enseñarnos a influir directamente, mediante sustancias químicas particulares, sobre las cantidades de energía y sobre su distribución en el aparato psíquico. Quizás surjan aun otras posibilidades terapéuticas todavía insospechadas; por ahora no disponemos de nada mejor que la técnica psicoanalítica, y por eso no se la debería desdeñar, pese a todas sus limitaciones”.[11]

La prudencia con que Freud se refiere a su tratamiento difiere ampliamente de la postura que defienden aquellos que hoy promueven la “cura” por medio de antidepresivos. En este sentido, Jean Delay, principal representante de la psiquiatría biológica, afirmaba en 1956:

“Conviene recordar que en psiquiatría la medicación no es más que un momento del tratamiento de una enfermedad mental y que el tratamiento de fondo sigue siendo la psicoterapia”.[12]

La psicofarmacología ha permitido a los médicos abordar del mismo modo toda suerte de afecciones sin que se sepa nunca de qué tratamiento se trata. Muchas veces la medicalización interviene cuando el médico interpreta el sufrimiento del sujeto como el síntoma de una enfermedad, perdiendo de vista que no todo sufrimiento implica por sí mismo enfermedad. Lo que el médico pretende es revertir, por medio de alguna sustancia, lo intolerable de algunas situaciones dolorosas de la vida o lo inaceptable del accionar de algunos pacientes, con fines meramente “adaptativos”, sin mediar elaboración psíquica alguna, lo que nos lleva a preguntarnos ¿adaptativos para quién?

E. Roudinesco define la sociedad actual como una “sociedad depresiva”, opuesta a la de fines del siglo XIX, cuyo paradigma psicopatológico era la histeria. Mientras ésta implicaba en sí misma una rebelión que dio lugar al nacimiento del Psicoanálisis, la depresión actual traduce un conformismo generalizado que se sustenta en los desarrollos psicofarmacológicos, y que se caracteriza por una necesidad de “no sentir”, privilegiando “el actuar antes que el pensar”;  con una disminuida tolerancia al dolor  y renegación de la muerte. Todo esto basado en un higienismo social, propio de un mercado de consumo que tiene como criterios principales la eficiencia, la eficacia y la rentabilidad económica. 

En los “países desarrollados”, todo transcurre como si ya ninguna rebelión fuera posible, como si la idea misma de subversión social, incluso intelectual, fuera una fantasía, como si el conformismo y el higienismo propios de la nueva barbarie del bío-poder hubieran ganado la partida. De ahí la tristeza del alma y la impotencia del sexo, de ahí el paradigma de la depresión.

“(...) El sufrimiento psíquico se manifiesta hoy bajo la forma de la depresión. (...) Cuanto más pregona la sociedad la emancipación, subrayando la igualdad de todos frente a la ley, más acentúa las diferencias. En el corazón de este dispositivo, cada uno reivindica su singularidad negándose a identificarse con figuras de la universalidad consideradas caducas. La era de la individualidad sustituyó así a la de la subjetividad: dándose a sí mismo la ilusión de una libertad sin coacción, de una independencia sin deseo y de una historicidad sin historia, el hombre de hoy devino lo contrario de un sujeto.
                                                                
(...)Todos los estudios sociológicos muestran también que la sociedad depresiva tiende a quebrar la esencia de la resistencia humana. Entre el temor al desorden y la valorización de una competitividad fundada exclusivamente sobre el éxito material, muchos sujetos prefieren entregarse voluntariamente a sustancias químicas antes que hablar de sus sufrimientos íntimos. El poder de los medicamentos del espíritu es así el síntoma de una modernidad que tiende a abolir en el hombre no sólo su deseo de libertad, sino también la idea misma de enfrentar la adversidad. El silencio es entonces preferible al lenguaje, fuente de angustia y de vergüenza”.[13]


3.2.      La Depresión desde el Psicoanálisis

Ahora bien, pasemos al campo del Psicoanálisis, ¿que tratamiento indica para el caso de la depresión? Para lo cual es menester abordar que significa este término dentro del Psicoanálisis.

Partiendo de la definición del concepto de depresión, hallamos un primer obstáculo. Freud pocas veces menciona a la depresión como tal. Si no, la asocia al concepto de melancolía a través de diferentes significantes: duelo, pérdida libidinal, inhibición psíquica y dolor. 

El término depresión en Freud lo encontramos por primera vez en “Un caso de curación hipnótica” (1893) donde plantea:

“En cambio, en las neurosis –no me refiero solamente a la histeria, sino al status nervosus en general - existe, primariamente, una tendencia a la depresión anímica y a la disminución de la conciencia del propio yo, tal y como la encontramos, a título de síntoma aislado y altamente desarrollado, en la melancolía.”[14]

Estableciendo a la depresión como un síntoma propio de diferentes cuadros y que se encuentra presente de manera exacerbada en la melancolía. Diferenciando así, ambos conceptos entre sí.

Ejemplo de lo antes dicho podemos encontrar, en algunos de sus Historiales Clínicos (1895):

-  Emmy Von M: “Los síntomas psíquicos de nuestro caso de histeria con escaso montaje de conversión pueden agruparse bajo los conceptos de transformación de estado de ánimo (angustia, depresión, melancolía), fobias y abulias”[15].

-  Lucy: “Siendo quizá la depresión el afecto concomitante al trauma...”[16]

En el “Manuscrito N” (1897)[17], observamos que Freud se sustrae, en relación a la melancolía, de la explicación fisiológica introduciendo una modificación en el nivel de explicación, definiendo ésta de la siguiente manera:

“Los impulsos hostiles contra los padres (deseo de que mueran) constituyen también elementos integrantes de las neurosis... Estos impulsos son reprimidos en aquellas ocasiones que reaniman la compasión por los padres, como su enfermedad o su muerte. Una de las manifestaciones del duelo consiste entonces en auto acusarse de su muerte (lo que denominamos melancolía).”[18]

Freud en 1910, en un debate acerca del suicidio en la Sociedad psicoanalítica de Viena, se aleja de lo planteado en el Manuscrito N, considerando que se debía establecer una relación entre la melancolía y los estados normales de duelo, pero declaraba entonces, que el problema psicológico ahí implicado era aun insoluble. El texto “Introducción al narcisismo” (1914) le permite a Freud escribir en 1915 “Duelo y melancolía” desde una visión diferente, retomando los conceptos antes introducidos. [19]  

3.2.1    Psicoterapia Psicoanalítica

En la psicoterapia de enfoque psicoanalítico, los casos se trabajan considerando que un fenómeno puede definirse a partir de su génesis (lo que lo pone en marcha), o por su estructura, es decir, el modo en que se articulan los distintos elementos para el mantenimiento del cuadro, una vez que se ha desarrollado. Ambos, ejemplifican un tipo predominante de intervenciones: interpretativas y afirmativas (según la concepción del conflicto y el déficit, como los grandes generadores de las diversas patologías).

Bleichmar[20] plantea una concepción del funcionamiento psíquico a partir, no de principios uniformes y estancos, sino de la articulación compleja de sistemas componentes, cada uno de ellos con su propia estructura y leyes de funcionamiento y, todos ellos, en interacción mutua, lo que dará lugar a una estructura modular articulada a partir de múltiples sistemas motivacionales, el enfoque modular-transformacional. En el caso de la depresión, y en relación con lo anterior, este autor plantea la utilidad de establecer un modelo integrado, que tome en cuenta las diversas vías por las que se puede llegar a diferentes subtipos de depresión. Un modelo que proporcione una orientación general sobre las condiciones que están sosteniendo la depresión de un paciente en particular y, por lo tanto, la mejor planificación de las estrategias terapéuticas[21].

En este sentido, las dos viñetas clínicas que se presentan ofrecen grandes diferencias en cuanto a sus condiciones de génesis y mantenimiento del trastorno. El enfoque utilizado como referente teórico a la hora de establecer las diferencias entre ambas coincide con la cuestión de la constitución del psiquismo (teoría del trastorno) desde dos posiciones bien definidas: la clásica teoría del conflicto y la más reciente teoría del déficit. Esto es, el conflicto intrapsíquico y el déficit en la estructuración del psiquismo.

3.2.2.   La Teoría del conflicto psíquico

Sostiene que los trastornos mentales tienen su origen en un conflicto psíquico, que el principal factor terapéutico es la ampliación del saber de la conciencia, el desvelamiento de los significados ocultos a la misma, el levantamiento de la represión, para que de esta manera, y sometidos a la corrección asociativa, los contenidos inconscientes pasen a funcionar según la lógica de la conciencia. Desde este punto de vista, la herramienta fundamental es la interpretación formulada por el terapeuta con el objeto de desvelar los significados que permanecen ocultos en el inconsciente, sacando a la luz de la conciencia aquello que se reprimió.

3.2.3.   La Teoría del déficit en la estructura del psiquismo

Los trastornos por déficit serían el resultado de un fallo en el seno mismo de la estructura psíquica: es decir, determinadas dimensiones del psiquismo, determinadas funciones esenciales para el funcionamiento del psiquismo, no llegaron a constituirse de manera adecuada porque faltó el aporte externo necesario, la provisión ambiental necesaria, generalmente como consecuencia de la patología parental o de los traumas infantiles. En este sentido, Kohut[22] pone en relación las insuficiencias de los objetos externos con una deficitaria constitución y desarrollo de la dimensión narcisista de la personalidad; pero resulta obvio el considerar que, como lo señalan Pine[23] y Bleichmar[24], otros tipos de aportes externos son absolutamente necesarios para la formación y desarrollo de otras áreas del psiquismo, por ejemplo los que tienen que ver con el control de impulsos, la constancia objetal, el reconocimiento y discriminación de los estados afectivos, etc. En coherencia con estos planteamientos, se considera que el factor terapéutico fundamental en los trastornos por déficit es la construcción de aquello que falta, es decir, construir aquellas dimensiones del psiquismo, aquellas funciones que no se formaron; por ello una de las funciones básicas del tratamiento sería ayudar al paciente a reconocer lo que está ocurriendo en su vínculo con el objeto externo y dotar de significado esa experiencia. La herramienta fundamental es la nueva relación con el terapeuta a través de intervenciones afirmativas, definidas éstas como aquellas comunicaciones que tratan de eliminar la duda sobre la experiencia de la realidad, restableciendo así, como afirma Killingmo[25], “el sentimiento de identidad”.

3.2.4.   Rol de la Transferencia en el tratamiento psicoterapéutico

Estos planteamientos centrados en la importancia del vínculo, llevan necesariamente a reflexionar sobre el modelo de transferencia que se considera en el proceso terapéutico cuando se trabaja con pacientes con trastornos por déficit, ya que el modo de entender la transferencia va a condicionar toda la tarea psicoanalítica. A este respecto, Fosshage[26] contrapone al clásico modelo de transferencia, que él denomina de desplazamiento, la transferencia como modelo de organización. Partiendo de la teoría de las relaciones de objeto, la psicología del self y la teoría interpersonal, Fosshage sitúa la transferencia en un contexto intersubjetivo, considerando la complejidad de la relación analítica como un campo de interacción de dos personas. Afirma que el modo de percibirnos o percibir la realidad está condicionado por esquemas o principios organizadores cargados de afectos, que contribuyen a la construcción de una realidad subjetivamente experienciada:

“El perceptor, tanto si es el paciente como el analista, siempre contribuye a lo percibido, tanto mediante el proceso perceptual en sí mismo como mediante su efecto en el proceso interpersonal”. [27]

 Se destaca en este modelo que el paciente no transfiere por desplazamiento al terapeuta sus contenidos intrapsíquicos, sino que mediante el uso de principios organizadores primarios, paciente y analista perciben y organizan la experiencia de la relación analítica. La transferencia es, por lo tanto, co-determinada por el analizado y el analista mediante sus respectivas subjetividades en interacción.
3.2.4.   El fantasma de la iatrogenia

A partir de estos presupuestos teóricos, se pretende tener en cuenta la diversidad de factores que toman parte en la génesis y el mantenimiento de los diferentes cuadros clínicos y, por lo tanto, la multiplicidad de factores y procesos de cambio que desempeñan un papel en la mejoría o curación de los mismos. Y no sólo como medio para hacerla más eficaz, sino como forma de no caer en la iatrogenia[28], aspecto crucial en cualquier sistema terapéutico y que, sorprendentemente, casi no ha sido tomado en cuenta en el ámbito de la psicoterapia psicoanalítica. No debería olvidarse que, por ejemplo un fármaco, no es útil en sí mismo, sino en relación al diagnóstico, las circunstancias particulares del enfermo y otras patologías que pudieran limitar su uso. Por todo ello, resulta difícil sostener, que la psicoterapia psicoanalítica pueda aplicarse sin estas consideraciones de especificidad, sin atender a que cualquier herramienta técnica será útil o iatrogénica, según el caso e incluso, el momento evolutivo del proceso terapéutico. En otro extremo se situarían las intervenciones realizadas sin referentes teóricos, concluyendo en la indiferenciación técnica o el eclecticismo de los procedimientos. Debe tratar de constituirse, lo que Tizón[29] denomina un “sistema de psicoterapia” esto es, una interrelación y coherencia lógica entre la teoría del trastorno, la de la cura y las técnicas empleadas. Además, la especificidad tiene que ver también con el marco asistencial en el que la psicoterapia tenga lugar.

En problema puntual de la iatrogenia, nos abre paso a dedicar el capítulo a otra forma de tratamiento que planteáramos como título de este trabajo, “la multidisciplinariedad o interdisciplinariedad”, como una alternativa de intervención en el tratamiento de la depresión. Para lo cual, no debemos dejar de lado la barrera que supone el llamado, “Modelo Médico Hegemónico” (que describiremos a continuación) quién, bajo el reinado de lo orgánico sustentado en la industria farmacológica, con el subsecuente reconocimiento del “médico” y más aún, del especialista, (como sería el caso del psiquiatra), como único sujeto “supuesto al saber”; la legitimación de su imperio.


Capítulo IV: Tratamiento multidisciplinario o interdisciplinario Vs.
Modelo Médico Hegemónico


4.1.      Modelo Médico Hegemónico:

Según Armando A. Coll, Jefe Servicio de Salud Mental del Hospital Dr. Clemente Álvarez,  el conocimiento científico, el desarrollo tecnológico y un concepto individualista y fundamentalmente Biologicista de la salud, han ido conformando un modelo de asistencia sanitaria, definido como Modelo Médico Hegemónico (M.M.H.).

4.1.1.   Rasgos estructurales del  M. M. H.

Se dice que parte, de una concepción de la salud y de la medicina individualista, biologicista, tecnocrático, iatrogénico y medicalizante, entre otros.

El MMH, constituye una construcción teórica en la cual es posible detectar una serie de rasgos considerados como estructurales:

  • Identificación Ideológica con la racionalidad científica como criterio manifiesto de exclusión de otros modelos.
  • Biologicismo: es su rasgo estructural dominante. Constituye el factor que “garantiza” la cientificidad del modelo. Determina la orientación dominante de la perspectiva médica hacia los problemas de salud-enfermedad. Subordina en términos ideológicos y metodológicos a los otros rasgos estructurales. La enfermedad es ponderada en función de este rasgo, sin tener en cuenta el conjunto de relaciones sociales que intervienen y acaso, determinan el fenómeno enfermedad.
El aprendizaje profesional se hace a partir de contenidos biológicos, donde los procesos sociales, culturales y /o psicológicos son anecdóticos.

  • Individualismo: Se parte de la necesidad de atacar la enfermedad en un órgano (por ejemplo atribuir al cerebro la responsabilidad de ser el centro sobre el que se debe incidir para tratar los trastornos psicopatológicos), en un aparato, se olvida por lo general al individuo como ser integral. Esta necesidad de atacar la enfermedad lleva a una especialización, una fragmentación del conocimiento y del ser humano. Se ve la enfermedad como un hecho puntual que ataca a un individuo determinado cuyas causas son cognoscibles, pero se olvida que ese individuo está en un medio, y que las condiciones y relaciones de estos también son causa de enfermedad.
  • A-historicidad (Social): lo biológico no tiene historia. Es considerado una constante independiente de las posibles determinaciones sociales. Evitando o limitando observar la importancia de los procesos no biológicos. Ello impide incluir los procesos histórico- sociales que operan sobre el proceso salud-enfermedad.
  • A-sociabilidad: Que no tenga en cuenta lo social puede parecer una paradoja, teniendo en cuenta que durante los años sesenta y setenta ha habido un fuerte énfasis en lo social, pero no debe confundirse la discusión sobre “lo social” con su incorporación real  al aprendizaje y la práctica médica. Dicha incorporación ha sido casi siempre marginal, yuxtapuesta y /o episódica.
  • Asimetría y Tecnocracia: Relación “Curador-Paciente” asimétrica, en tanto existe un:
Ø   Monopolio del saber médico por parte del profesional de la salud, que lleva a la subordinación social y técnica del “paciente”[30].
Ø   Producción de acciones que tienden a excluir del conocimiento al paciente.
Ø   Concepción del paciente como ignorante o como portador de un saber equivocado.
Ø   Esta actitud tecnocrática, está superioridad del “curador” sobre el paciente, configura una relación asimétrica en la cual este último se encuentra en una situación de subordinación.
  • Medicalizante: Tendencia al tratamiento medicamentoso de los problemas.
Se expresa por medio de la expansión de la cobertura médica, convirtiendo algunos problemas sociales (alcoholismo, drogadicción, la misma depresión) en enfermedad, opacando la significación económico-política de determinados cuadros de enfermedad (“la contaminación”).
La medicalización, así puede constituir un obstáculo para desentrañar la verdadera problemática de determinados “padecimientos”. Como expresábamos al comienzo de este trabajo, al referirnos al amplio espectro de problemas que supone la depresión.
  • Mercantilismo: El proceso Salud-Enfermedad considerado como mercancía (en términos directos o indirectos). Lo que está íntimamente relacionado con el punto anterior, gracias al creciente monopolio de la industria farmacéutica, y a la legalidad atribuida a lo biológico como centro de operación de la enfermedad, lo que potencia el desarrollo de, por ejemplo cada vez mayor número de psicofármacos, con las supuestas facultades de incidir en los “puntos específicos del cerebro, en los cuales se  los cuales se localizarían los males”
  • No Igualitario: En la medida en que el desarrollo del conocimiento y las nuevas tecnologías generan condiciones de excelencia en las prácticas sanitarias, estas se vuelven menos igualitarias. No solo para los pacientes, sino también para los profesionales, excluidos de la posibilidad de acceder  a una especialización o incluso, a puestos de trabajo o al empleo de nuevas tecnologías. Esto constituye una de las contradicciones más importantes del MMH.
  • Orientación básicamente curativa: quedando lo preventivo reducido a una actitud básicamente declaratoria, pues el fin último no es la cura, sino el control de la enfermedad.
  • Autoritarismo: exhortación a la participación subordinada y pasiva de los pacientes (o “Consumidores” de la salud).
  • Tendencia inductora al consumismo médico: justificada por la Legitimación jurídica.
  • Tendencia a la escisión entre teoría y práctica: relativa a la tendencia a escindir la práctica médica de la investigación científica.

4.1.2.   Debilidades del M. M. H

Estos caracteres estructurales corresponden inicialmente a la práctica médica (en el más amplio sentido de la palabra) individual y privada dominante durante los siglos XIX y XX y hasta hoy es decir, comienzos del XXI.

Todos estos caracteres estructurales, al mismo tiempo que afianzan la vigencia del MMH, contradictoriamente, socavan sus cimientos.

Esto es así, porque esos mismos caracteres generan  consecuencias negativas, que podemos resumir en las siguientes consideraciones:

  • Aumento del costo de la atención de la enfermedad
  • Aumento constante del consumo de fármacos, en particular de sustancias que pueden ser nocivas para la salud.
  • El predominio de criterios de productividad y rendimiento en la atención médica, en detrimento de la calidad de la misma.
  • La comprobación de que algunas técnicas sencillas y baratas operadas por la comunidad pueden ser más eficaces que la utilización de técnicas complejas, sofisticadas y costosas. Ejemplo: la eficacia del cepillado dental sobre la costosa técnica de las prótesis y los implantes dentales.
  • La subordinación política del sector salud a la industria de la enfermedad (industria de armamentos, tabacaleras, alcoholeras, química, etc.)
  • El mantenimiento de la desigualdad social ante la enfermedad y la muerte. Es evidente que los estratos sociales más humildes son los que tienen las más altas tasas de morbilidad y mortalidad.
  • Las limitaciones o fracasos, de la intervención médica respecto a los principales problemas de salud mental, como es el caso que nos atañe, entre otros.


4.2.      Multidisciplinariedad e interdisciplinariedad[31]:

La multidisciplinariedad hace referencia a las distintas disciplinas, a la división de los campos científicos, al desarrollo y necesidades de las ramas del saber, a lo más específico y propio del desarrollo científico- técnico y a la profundización de los conocimientos. 

Para abordar cualquier campo determinado de la realidad caben múltiples disciplinas que confluyen en su resolución. La multidisciplinariedad da cuenta de las disciplinas, ciencias o ramas del conocimiento que tienen que ver y dan razón del saber sobre lo concreto de un problema. En el campo de la Salud Mental confluyen la Psiquiatría, la Psicología, los Servicios Sociales, etc., que reflejan los diversos aspectos que operan en la realidad que se aborda. 

Estas distintas disciplinas dan cuenta de la relación multidisciplinar que confluye en el trabajo de Salud Mental y, por lo tanto, reflejan la necesidad de una asistencia que considere a los diversos profesionales que atiendan dicha problemática. Por ello necesita saber cómo se articularán y actuarán dichos conocimientos y el marco o modelo de intervención que para ello se elegirá.

La interdisciplinariedad hace referencia al método, al modelo de trabajo y a la aplicación de los conocimientos y de la técnica. Al modo de desarrollar un conocimiento o conjunto de conocimientos y disciplinas. Si multidisciplinariedad se refiere a las disciplinas y ramas del conocimiento, interdisciplinariedad se refiere al modelo de aplicación, al método cómo estas disciplinas se aplican o se realizan. 

La interdisplinariedad es una puesta en común, una forma de conocimiento aplicado que se produce en la intersección de los saberes. Es, por tanto, una forma de entender y abordar un fenómeno o una problemática determinada. 

Al referirse a la interdisciplinariedad en general hay una utilización ambigua y polisémica del término, en el sentido de confundirla con el trabajo conjunto de diferentes profesionales sobre un mismo problema, o bien con el hecho de que un especialista o servicio tenga colaboradores o forme un equipo polivalente que se nutre de otras disciplinas. 

La interdisciplinariedad no supone la suma y aglomerado de conocimientos, aunque ésta sea la versión errónea más extendida. Este modelo de suma aritmética supone conceptualmente un error básico operativo desde la propia matemática, pues la suma de elementos diferentes (médico, psicólogo, trabajador social, maestro, etc.), no puede realizarse en una operación aritmética, sino que pertenece a las operaciones relativas a la teoría de los conjuntos.

4.2.1.   Trabajo interdisciplinario:

Para este acápite, citaré textualmente lo que el Dr. Federico Menéndez Osario, psiquiatra infantil de la Unidad de Salud Mental Infantil del Complejo Hospitalario Juan Canaleja,  de La Coruña, España; resume como los puntos que supone el trabajo interdisciplinario:

“a) Es un producto derivado del desarrollo científico técnico y social.
b) No es la suma de saberes a la cadena ni la yuxtaposición o conglomerado de actuaciones, sino la interacción e intersección de los conocimientos en la producción de un nuevo saber.  
c) Para realizar una labor interdisciplinaria no se precisa estar en un mismo equipo ni depender de la misma administración. Consiste en confluir y trabajar o aunar las intervenciones de los distintos profesionales o campos del saber sobre el caso concreto, la situación concreta y sobre la realidad que lo precise, sea esta individual, social, familiar, institucional, etc.
d) Supone tanto articularse como interactuar sobre una problemática concreta y determinada, en un intercambio de disciplinas con apertura al saber y al campo de conocimiento y de aplicación de cada ciencia, sin totalitarismos, reduccionismos o imposiciones.
e) Tener claros los límites del saber de cada uno y respetar los campos de conocimiento de los demás. Forma indispensable, primero, de conocer 10 propio a uno mismo, que viene dado por mi límite, precisado no sólo por lo que sé sino por lo que ignoro; segundo, forma elemental de respeto, aceptación y apertura al saber y a la cooperación y coordinación con los demás conocimientos que confluyen e intervienen en el caso.
f) Delimitación de las tareas y coordinación de intervenciones que permitan la continuidad de cuidados y los intercambios de intervenciones.
g) No caer en la «fagocitosis» de servicios ni de funciones ni de personal, pero tampoco en dejaciones, vacíos o perversión de funciones. No tener esto en cuenta conlleva interferencias, duplicación o derivación a la «deriva», sin asumir la atención global, bien economizando, o bien hipertrofiando actuaciones y servicios.”[32]



CONCLUSIONES


Y finalmente, en base al compromiso ético-social que supone ahondar respecto a la depresión en cuanto al protagonismo que ha ido alcanzando a partir de la modernidad. Partiendo, en correspondencia con estos fines, de la historia del concepto de Depresión, seguida por su posterior definición según la cronología del DSM. Para pasar luego, a las diferentes posturas en cuanto a su tratamiento. Para llegar finalmente, a lo que sería el real motor de este trabajo, el cual corresponde a proponer el trabajo interdisciplinario, como una alternativa de tratamiento de la depresión así como también, como una forma de evidenciar las consecuencias del Modelo Médico Hegemónico, como potenciador de los altos índices y los desalentadores pronósticos a corto plazo, de la incidencia de esta patología considerada, como decíamos al comienzo de este trabajo, “el mal del siglo”.

Es así como, a la luz de nuestro último mentor concluimos que, una concepción interdisciplinaria en el campo de la Salud Mental (como macrocampo donde situaríamos a la Depresión), va a suponer una reflexión y reformulación, no sólo de algunos principios y aplicaciones técnicas en la clínica sino que también, supone una revisión del tipo de planificación de recursos, dispositivos y medios así como, la forma de actuar y trabajar asistencialmente y de cómo ésta a su vez, se encuentra fuertemente influenciada por el Modelo Médico Hegemónico. 

Dichos recursos y servicios articularán su trabajo en equipo y coordinados -para lo cual no tienen por qué pertenecer los profesionales a la misma administración o servicio como planteara el M. M. H.-, confluyendo sus intervenciones en un intercambio horizontal de sus saberes (descentralizando el saber “medico” como el auténtico, el legalizado, como planteara el Modelo), sin imposición de una disciplina por otra (psiquiatría sobre psicología y ésta a su vez, sobre el psicoanálisis), aplicando sus conocimientos sobre el caso, realidad o problemática correcta. 

Esta articulación multidisciplinar, como algo indispensable, va dando paso a una visión interdisciplinar que permita superar la tentación de una ciencia o disciplina reina o arquetípica -la psiquiatría en este caso-, y se pase a un modelo de trabajo donde los distintos servicios y disciplinas planifiquen sus recursos, necesidades y medios propios,  articulándose interdisciplinariamente.

Una visión bio-psico-social (opuesta al biologicismo, el individualismo, así como el carácter a-histórico y a-social, que plantea en M. M. H.) integradora y un trabajo de equipo no lo determina el hecho de formar parte de un mismo servicio. La integración y visión global de la salud y de la enfermedad, viene dado por el hecho de ser conscientes de la existencia y necesidad de la articulación e interactuación de los distintos factores biológicos, sociales, psicológicos, pedagógicos, etc., al enfocar nuestro trabajo[33].
Derivado de lo anterior y teniendo en cuenta los límites de todo saber, así como la idea de la complejidad de los fenómenos y de la ciencia, es necesario actuar sin jerarquía o menosprecio de disciplinas, ni “fagocitosis” de personal y servicios de un campo por otro, donde unos conocimientos son tomados como añadidos o sucedáneos. 

El nivel de confluencia y de articulación de actuaciones interdisciplinarias se da trabajando sobre el propio paciente o realidad y problemática social o institucional, sin que sea la pertenencia a un mismo equipo o administración lo que marca el trabajo común. 

Un trabajo así concebido permite que se racionalicen y utilicen eficazmente los recursos, sin que se dupliquen los servicios y profesionales, sin que se repitan actuaciones o se “deriven” los casos sin continuidad ni “coordinación”. Permite, igualmente, que haya una responsabilidad asumida y el paciente sepa a quién recurrir y quién lleva la dirección de la atención, sin que se solapen actuaciones o se “reboten” a los pacientes de servicio en servicio o de administración en administración. Asimismo, se favorece la capacidad técnica y profesional de los servicios, que desde su propia competencia, desarrollan y profundizan su labor específica, sin menoscabo del intercambio e interactuación de conocimientos.


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Ø  Fuente: Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de Psicología. Trabajo de investigación correspondiente al requisito curricular según plan de estudios O. C. S. Nº143/89. Supervisor: Lic. María Teresa Bertolami. Cátedra de radicación: Desarrollos del psicoanálisis. 6 de diciembre de 2000.

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Ø  Vallejo Ruiloba, J. y Gastó Ferrer, C. (2000) “Trastornos afectivos: ansiedad y depresión”,  España, editorial Elsevier.






[1] Gallarda, T. y  Loo, H (2002) La enfermedad depresiva: Una explicación para comprender, un ensayo para reflexionar, S/L,  Siglo XXI
[2] Gabriela Oller y Julián Antman, “Sociedad, Clínica y Formación, una articulación posible”, en TRABAJO LIBRE PARA PREMIO CONGRESO DE SALUD MENTAL DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES 1999.
[3] Boletín UNAM-DGCS-673 Ciudad Universitaria, 25 de octubre de 2008, México D.F.
[4] Vallejo Ruiloba, J. y Gastó Ferrer, C. (2000) “Trastornos afectivos: ansiedad y depresión”, España, editorial Elsevier, Pág. 184
[5] Ídem, pág. 185
[6] Aramoni, A. (1995)  “Tiempo vida y neurosis”,  México, editorial DEMAC
[7] Vallejo Ruiloba, Cristóbal Gastó Ferrer, (2000) en Ob. Cit. (pág. 193)
[8]Pierre Pichot, Juan José López-Ibor Aliño, American Psychological Association, Robert L. Spitzer, Manuel Valdés Miyar, (1995) DSM-IV: Manual diagnostico y estadístico de los trastornos mentales, Barcelona, Masson S. A. Introducción, pág. 21.
[9] DSM-IV
[10] Roudinesco, E., ¿Por qué el psicoanálisis?, Bs. As., Ed. Paidós, pág 35
[11] Freud, S.,(1985) “Compendio del Psicoanálisis”, Madrid, Biblioteca Nueva, pág. 3402
[12] Citado por E. Roudinesco, ob. cit., pág. 22
[13] Ob. Cit. Roudinesco, E., págs. 15- 16, 24, 27- 28.
[14] Ob. Cit. Freud, S., (1985) “Un caso de curación hipnótica “, pág. 169.
[15] Ídem, “Historiales Clínicos”, pág. 53.
[16] Ídem, pág. 63.
[17] Ídem, “Manuscrito N”
[18] Ídem, pág. 770
[19] Fuente: Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de Psicología. Trabajo de investigación correspondiente al requisito curricular según plan de estudios O. C. S. Nº143/89. Supervisor: Lic. María Teresa Bertolami. Cátedra de radicación: Desarrollos del psicoanálisis. 6 de diciembre de 2000.
[20] Bleichmar, H. (1997) “Avances en psicoterapia psicoanalítica. Hacia una técnica de intervenciones específicas”, Barcelona, Editorial Paidós Ibérica.
[21] Bleichmar, H. (1996) “Some subtypes of depression and their implications for psychoanalytic therapy”, en International Journal of Psycho-analysis; 77: 935-61
[22] Kohut, H. (1986) “Análisis del self”. Buenos Aires, Amorrortu editores.
[23] Pine, F. (1994) “Some impressions regarding conflict, defect, and deficit”. En The Psychoanalytic Study of the Child. 49ª ed. Albert J. Solnit, Peter B. Neubauer, Samuel Abrams y A. Scott Dowling (eds.) Yale University Press, pág. 222-40.
[24] Ob. Cit. Bleichmar, H. (1997)
[25] Killingmo, B. (1995) “Affirmation in Psychoanalysis” en International Journal of Psycho-analysis; 76: 503-18.
[26] Fosshage, J. (1994) “Toward reconceptualising transference: theoretical and clinical considerations”, en International Journal of Psycho-analysis; 75: 265-80.
[27] Ídem.
[28] El término iatrogenia (del griego iatrós, “médico”, y geneá, “origen”) se utiliza para designar lo morboso causado por una acción médica, es decir, las enfermedades generadas por quien debería curarlas.
[29] Tizon, J.L. “Una propuesta de conceptualización de las técnicas de psicoterapia” en Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. XII, 43: 283-294.
[30]  Derivado del vocablo “paciencia”, como cualidad fundamental que este debe mantener ante este especialista, situado en el lugar del “sujeto supuesto a saber”. Lo que supone una relación activo-pasivo, en donde el paciente, como tal, no es plausible de opinar, en tanto esta tendría lugar frente al “saber” reconocido y atribuido, al médico, por la sociedad en su más amplio espectro.
[31] Menéndez Osario, F. (1998) “Interdisciplinariedad y multidisciplinariedad en salud mental” en Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq, vol. XVIII, nro. 65, págs. 145-150.

[32] Ídem, págs. 147- 148.
[33] Sorigner  Escofet, F. J. (1993), ¿Es la clínica una ciencia?, Madrid, Díaz de Santos.